Errickson et al (2021) Carne para hoy, hambre para mañana

Tras la publicación de un vídeo en la cuenta de Twitter del ministro de consumo Alberto Garzón en el que presenta su campaña bajo el hashtag #MenosCarneMásVida, la polémica ha quedado servida. El ministro se muestra «preocupado por la salud de nuestros conciudadanos y la salud de nuestro planeta», y recomienda a la ciudadanía moderar su consumo de carne, que en exceso es perjudicial para la salud individual y además tiene una huella ecológica muy elevada en comparación con una dieta que excluya o limite los alimentos de origen animal.

Las soluciones de raíz a los problemas asociados al Cambio Global a los que nos enfrentamos son impopulares. Es el caso, por ejemplo, de los vehículos diésel, las energías fósiles, pero también del consumo de carne. Dada la tendencia de los políticos a decir lo que la gente quiere oír—que no siempre coincide con lo que es mejor para nuestro futuro—el ministro Garzón ha mostrado valentía al lanzar esta campaña. Inmediatamente, ha recibido duras críticas desde diversos sectores políticos y sociales.

Para empezar, le han criticado desde el partido popular, lo cual no es en absoluto sorprendente dada su demostrada escasa preocupación por el medio ambiente. Por ejemplo, Teodoro García Egea se apresuró a regalarse una barbacoa a la salud de Garzón. Tampoco son de extrañar las críticas recibidas desde el sector ganadero, cuya subsistencia depende del consumo de carne. Más sorprendentes son las críticas recibidas desde el partido con el que comparte el gobierno, como son los comentarios del mismo presidente Pedro Sánchez («a mi, donde me pongan un chuletón al punto, eso es imbatible»), o del presidente de Castilla la Mancha, García-Page.

A todos nos gustan las barbacoas. Pero, nos guste o no nos guste, la ciencia respalda las palabras del ministro. Decidir reducir el consumo de carne—o incentivar esta práctica—es un acto altruista, como lo es llevar la mascarilla en una pandemia, no fumar dentro de un bar, o limitar la velocidad al volante. Múltiples estudios demuestran que el consumo de alimentos de origen animal tienen un mayor coste climático que los de origen vegetal. Por ejemplo, una entrada recientemente publicada aquí mostraba como la cantidad de espacio necesario y de carbono emitido por diferentes alimentos variaba enormemente, dejando a la mayoría de las carnes como los alimentos menos sostenibles.

Otro ejemplo nos lo trae la reciente publicación de Errickson et al. (2021) con su paper «Animal-based foods have high social and climate costs» (doi: 10.1038/s43016-021-00265-1).

En este paper, los autores comienzan por repasar la literatura científica evidenciando que la industria alimentaria es responsable de un cuarto de las emisiones antrópicas de gases de efecto invernadero (GEI). De estas, nada menos que el 80% son atribuibles a la ganadería. Por ello, una moderación del consumo de alimentos de origen animal per capita, acompañada de una adaptación de los sistemas productivos, podrían suponer una reducción del 70% de las emisiones totales de la industria alimentaria.

Los autores presentan un nuevo enfoque para el análisis del impacto de la ganadería sobre el futuro del clima y del bienestar humano. Aplican el modelo dinámico integrado de clima-economía (DICE) para internalizar los costes que tiene la producción de alimentos de origen animal sobre el clima. Ignoran otros posibles costes, como los asociados a la contaminación del aire y el agua o el uso de terrenos fértiles, que de haber sido considerados penalizarían aún más el consumo de carne. Así, integran un modelo climático que tiene en cuenta explícitamente los diferentes GEI y un modelo macroeconómico basado en los hábitos regionales de producción y consumo (DICE-FARM), permitiendo a Errickson et al proyectar predicciones a futuro más realistas que las publicadas hasta la fecha.

Los resultados del modelo muestran que la producción de alimentos de origen animal son responsables de un 12% del aumento antrópico de las temperaturas. Esto se debe principalmente a las emisiones de gas metano, un GEI con alto impacto directo pero una vida media corta en la atmósfera. Esto diferencia la dinámica del problema causado por la alimentación y por otras actividades contaminantes como el uso de vehículos de gasolina o el consumo eléctrico doméstico: El consumo de carne tiene un efecto más inmediato, y sus consecuencias son sufridas por las mismas generaciones que lo causan. Por el contrario, su efecto se puede contrarrestar rápidamente, y la reducción del consumo de alimentos de origen animal que se observan en países como los Estados Unidos de América ya se refleja en un cambio en la atmósfera. Una respuesta ecológica mucho más rápida que, por ejemplo, la que tiene el uso de combustibles fósiles como son el carbón o el petróleo, que emiten dióxido de carbono, un GEI de dinámica más lenta.

Para evaluar el efecto de la dieta sobre el clima, los autores suponen que la humanidad fija un máximo incremento de temperatura que, a través de distintas acciones socio-políticas, tratará de no sobrepasar. Por ejemplo, según el acuerdo de París, el objetivo es no superar un incremento de 2ºC respecto a la temperatura global media pre-industrial, fijando el óptimo en 1.5ºC. Errickson et al argumentan que esos objetivos deberán cumplirse ya sea a costa de reducir las emisiones de GEI asociadas a la alimentación o alternativamente las causadas por otras industrias. Es decir, que existe un compromiso entre el desarrollo industrial y nuestra dieta. Por ejemplo, para cumplir con el acuerdo de Paris, deberíamos reducir las emisiones industriales en un 80%. Sin embargo, en un escenario en el que la humanidad cambiase a una dieta vegana, las emisiones industriales deberían reducirse solo 65%. Mientras que cumplir el acuerdo de Paris en un escenario en el que nuestras costumbres alimentarias no cambien en absoluto parece un objetivo muy difícil de alcanzar, un cambio de dieta podría permitir mayor desarrollo tecnológico en un mundo sostenible.

Por otro lado, si los costes climáticos de la alimentación no son pagados por las otras industrias, tendrán que ser pagados por la sociedad civil en el futuro. El calentamiento por encima de objetivos marcados tendría consecuencias medibles sobre nuestra salud y bienestar a medio-largo plazo, a las que se les puede atribuir un coste económico. Los autores internalizan estos costes, es decir, trasladan los daños climáticos a costes monetarios tangibles. Los autores calculan que el coste climático de la ganadería es equivalente a 215 billones de € por año para la dieta occidental media. Esto equivale a un coste medio de 61 € por persona. Aunque en países como España ese coste esté por debajo de la media mundial, el coste asociado se supera los 30€ por persona. Es decir que, al comer carne, los españoles cada año estamos hipotecando alrededor de 1.5 billones de € a futuro, que seguramente se impute a otras industrias que sustentan nuestro nivel de vida y nuestra felicidad.

Internalización del coste extra de llevar una dieta carnívora por países, por persona y año. Se obtiene de restar el coste climático asociado de una dieta vegana al de una dieta carnívora. Adaptado de Errickson et al. 2021

Para contextualizar, los autores comparan el caso del consumo de carne con el de las emisiones debidas al uso de coches de gasolina. El consumo medio de gasolina de un vehículo utilitario tiene un coste climático equivalente a 119€, solamente el doble que el consumo de alimentos de origen animal. Es decir, que en un hogar con dos habitantes y un coche, pasar a una dieta vegana tendría tanto efecto a la hora de mitigar el cambio climático como dejar de utilizar el coche.

Por otro lado, comentan otras medidas complementarias. Por ejemplo, está la posibilidad de mejorar la efectividad de la producción de alimentos haciendo la industria ganadera algo menos contaminante. También existen opciones intermedias entre una dieta carnívora como la actual y una estricta dieta vegana. Por ejemplo, los autores analizan el escenario de una dieta vegetariana, en la que se consumen leche y huevos, pero no carne. Bajo este supuesto, el coste extra del consumo de productos de origen animal se reduce a solo 20€ por persona y año siguiendo una dieta occidental media, solo un tercio de la diferencia entre una dieta plenamente carnívora y una dieta vegana.

Los autores concluyen que los productos alimentarios de origen animal son indudablemente un motor significativo de cambio climático, y reducciones en el consumo de carne permitiría aliviar la presión que recae sobre otras industrias. La solución a la amenaza climática y del Cambio Global eberá ser racional y proporcionada. Esto significa que habrá que ajustar las emisiones industriales pero también las debidas a la industria alimentaria. Para ello es necesario desarrollar procesos de producción más sostenibles pero también adaptad nuestra dieta moderando el consumo de productos de origen animal. Podemos decir que ajustar nuestra dieta es condición necesaria para una transición ecológica razonable, y para cumplir (si es que eso es posible aún) con los objetivos del acuerdo de París repartiendo los esfuerzos entre las diferentes industrias.

No se trata de que todos dejemos de comer carne; se trata de ser consciente de que toda la carne que comamos tiene un coste climático que tendrán que pagar las otras industrias y, al final, pagaremos nosotros con nuestro nivel de vida futuro.

Publicado por Ciro Cabal

Soy ecólogo, investigador predoctoral en la Universidad de Princeton (New Jersey, US). Me interesa la ecología teórica de la vegetación, y las interacciones biofísicas entre plantas. También soy ecologista, pragmático más que extremista, pero muy preocupado por el Cambio Global y la poca concienciación social.

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