Nijdam et al (2012) Los ‘flexitarianos’ salvarán el mundo

Los animalistas eclipsan el debate sobre la necesidad de reducir, o de evitar, el consumo de carne y de productos de origen animal. Sus argumentos son mayoritariamente el bienestar animal. Y sus métodos para divulgar el mensaje, como suele suceder en casos como estos, están cargados de dramatismo. Hombres y mujeres desnudos, cubiertos de sangre, en bandejas de supermercado, tirados por el suelo. Imágenes macabras que tratan de concienciar a la población de los problemas de la industria cárnica, pero que muchas veces tienen un efecto contrario al deseado. Suele suceder cuando colectivos dan una imagen de extremismo, cosa común en nuestros días.

Hay, sin embargo, otras razones para plantearse reducir el consumo de carne, como la sostenibilidad en el contexto del Cambio Global, y la erradicación del hambre en el mundo.

Así lo explican Nijdam et al. (2012) en su paper “The price of protein: Review of land use and carbon footprints from life cycle assessments of animal food products and their substitutes” (doi: 10.1016/j.foodpol.2012.08.002)

En su estudio, Nijdam et al. hacen una revisión de estudios que, siguiendo métodos estandarizados y objetivos, evalúan diferentes fuentes de proteína que encontramos en nuestra dieta. Se centran, concretamente, en los dos principales factores que determinan la sostenibilidad de su producción.

En primer lugar, analizan la cantidad de metros cuadrados del planeta que son necesarios para producir un kilogramo de cada tipo de alimento. En el caso de la carne producida en establos, por ejemplo, no solo se considera el espacio ocupado por los establos, sino también los extensos campos de cultivo donde se produce a materia prima para crear los piensos que alimentan a estos animales. La superficie del planeta es limitada, y la producción de alimentos que requieren de más espacio agravan las hambrunas en una población humana en continuo crecimiento y ponen en riesgo la biodiversidad ecológica.

En segundo lugar, evalúan la emisión de gases de efecto invernadero (medido como su equivalente en CO2) por kilogramo de alimento producido. Este valor tiene en cuenta la necesidad de combustión de carburantes para recolectar y transportar el producto, o la producción de metano en el estómago o el intestino de los animales, entre otros procesos. Puesto que la producción de cada alimento emite una cantidad de gases de efecto invernadero, el consumo de diferentes alimentos en nuestra dieta afecta al cambio climático en distinta medida.

La proteína es el macronutriente más valorado en las carnes. No olvidemos que los otros principales nutrientes que necesitamos en nuestra dieta puede obtenerse fácilmente de alimentos de origen vegetal. En ambos casos, los autores analizan los resultados por kilo de producto, y luego estandarizan los resultados por kilogramo de proteína obtenida. En las siguientes gráficas, las diferencias se muestran en base a la producción de kilo de proteína. Pero, ¡las diferencias son aún mas exageradas en el peso de producto! advierten Nijdam et al.

Gráficas mostrando el metro cuadrado necesario, y gases de efecto invernadero emitidos (medidos en equivalente de CO2) para producir un kilo de proteína de distintos alimentos, adaptado de Nijdam et al. (2012)

Nijdam et al. nos muestran que la carne de los rumiantes, como el ganado vacuno, bovino o caprino, tiene una amplia variación pero es en promedio la que más contamina y espacio ocupa. Dentro de los animales terrestres, las aves, el cerdo, y los derivados animales no cárnicos parecen ser los menos dañinos de su categoría. Al igual que para los rumiantes, que muestran gran variabilidad de posibles sistemas de producción, los productos del mar tienen un coste espacial y de emisiones muy variable, que puede ser muy bajo en el caso de los organismos pelágicos como los moluscos, hasta el caso particularmente ineficiente de las langostas. La producción de langostas en granjas marinas llega a tener una huella de carbono de 540 kg equivalente de CO2 por kilogramo de proteína debido a la poca carne que generan (300 gramos por kilo de animal) y al hecho de que se ha estimado un consumo de unos ocho litros de diésel por kilo de animal (para transportar el producto desde la granja). Por el contrario, los autores citan el caso de los mejillones de producción española como una de las fuentes de proteína animal menos contaminante, emitiendo solo 1 kg equivalente de CO2 por cada kilo de proteína.

Un fenómeno general que ponen de manifiesto es la creciente huella ecológica que tienen los productos animales en sistemas extensivos -que son aquellos criados en libertad o semi-libertad-, respecto a los de producción intensiva -que se crían en establos alimentados con piensos. Este dilema nos plantea la elección entre el consumo de unos alimentos que contaminan más y ponen en jaque la alimentación en países más pobres, frente al consumo de otros productos que por el contrario causan más sufrimiento a los animales y suponen más riesgo para la biodiversidad. Por ejemplo, en una dehesa donde se produce cerdo ibérico, hay una alta diversidad biológica y los cerdos viven en muy buenas condiciones. Sin embargo, la cantidad de carne de cerdo que se puede producir por hectárea en la dehesa es mucho menor que la que se puede producir en establos, y además su carne contamina un 50% más. Excepcionalmente, el caso de las aves y huevos mantiene una baja huella huella de carbono incluso en el caso de las gallinas camperas, que es tan solo un 10% mayor que las de gallinas que viven en jaula.

La solución es muy sencilla y nada sorprendente. Consiste en consumir más alimentos vegetales, y cuantos más, mejor. Los autores nos indican también cuales son las fuentes de proteína más ecológicas junto con vegetales como las legumbres: se trata de los mejillones y los pescados del tipo de las sardinas, anchoas, y boquerones, cuya huella ecológica por gramo de proteína es hasta 600 veces menor que la de la carne. Fuentes de proteína animal como el salmón de criadero, o el huevo y la carne de gallinas camperas, tienen un impacto relativamente bajo sobre los ecosistemas (sin incurrir en excesivo sufrimiento animal).

No olvidemos que los autores no consideran el coste del transporte del producto desde origen, y que siempre es mejor consumir el producto local. ¡Es posible que un kilo de kiwi de Nueva Zelanda consumido en España contamine más que un kilo de huevos de granjas locales!

El flexitarianismo consiste en reducir el consumo de alimentos de origen animal, sin la necesidad de excluirlos de la dieta. Es la dieta más equilibrada para nuestra salud, la más solidaria con las personas que pasan hambre, y la que menos contribuye al nefasto Cambio Global.

Publicado por Ciro Cabal

Soy ecólogo, investigador predoctoral en la Universidad de Princeton (New Jersey, US). Me interesa la ecología teórica de la vegetación, y las interacciones biofísicas entre plantas. También soy ecologista, pragmático más que extremista, pero muy preocupado por el Cambio Global y la poca concienciación social.

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