Rietkerk et al (2004) ¿es justificable el catastrofismo de Greta?

Aunque la sociedad está cada vez más concienciada sobre el Cambio Global y los problemas ecológicos que entraña para nuestras vidas, aún no parece estar asustada por su inminencia. Los ecologistas a menudo parecen demasiado alarmistas al pedir a los agentes sociales cambios radicales y urgentes. Por ejemplo, es común oír a Greta Thunberg decir a los políticos que “nuestra casa está ardiendo. Sembrar pánico innecesariamente es una malísima idea. Pero, cuando tu casa está ardiendo, y quieres evitar que todo caiga por los suelos, un cierto nivel de pánico es necesario.” Durante la crisis del coronavirus, el pánico ha sido decisivo para lograr una vacuna en tiempo récord y para conseguir que la gente se quede en casa confinada. Pero llegó tarde. En un mundo de activismos exacerbados, populismos políticos, trols internautas y, en general, una sociedad más polarizada que nunca, las alertas de los ecólogos pasan desapercibidas en una maraña de insultos, reproches y gresca. Hoy más que nunca, es difícil separar el grano de la paja.

¿Hay verdaderamente una base científica para tanto alarmismo?

El fenómeno de histéresis es el motivo de tanta preocupación, o al menos uno de ellos. Así lo demuestran Max Rietkerk, Stefan C. Dekker, Peter C. de Ruiter y Johan van de Koppel en su paper Self-Organized Patchiness and Catastrophic Shifts in Ecosystems” (doi: 10.1126/science.1101867).

En este artículo, los autores nos alertan de la posibilidad de que se produzcan cambios catastróficos, repentinos e inesperados, en los ecosistemas, debido a fenómenos de histéresis. Pero, ¿qué significa esta palabra?

Todos tenemos en el fregadero una bayeta o una esponja que es un poco “histérica” (en realidad, se dice histerética). Normalmente al usarla para limpiar la encimera, inmediatamente absorbe las gotas de agua y la suciedad. Sin embargo, si nos vamos de casa unos días, la encontraremos a nuestro regreso encogida y reseca. ¡Ha cambiado de estado! Si en esta forma la intentamos usar para secar la misma superficie que antes, se resiste y no absorbe nada de líquido. Para devolverla a su estado útil, necesitaremos bañarla en agua tibia, invirtiendo un rato de nuestro tiempo y un buen chorro de nuestro grifo.

De la misma manera, Rietkerk et al. (2004) nos demuestran que los ecosistemas también pueden ser histeréticos.

Para ello, utilizan como ejemplo la desertificación de los ecosistemas, es decir, el proceso por el cual, al llover cada vez menos, la vegetación desaparece dejando detrás de si un suelo árido e infértil (foto de cabecera: coscojar de El Regajal). Su modelo se basa en un único mecanismo: que las plantas son capaces de modificar la tierra en la que crecen, a través de la hojarasca y la excavación de sus raíces, haciéndola más esponjosa y capaz de absorber más agua. En el sistema que modelizaron Rietkerk et al, la lluvia -o cantidad de agua- es inicialmente abundante, y la vegetación cubre todo el espacio. Al disminuir la precipitación, empieza a faltar agua, pero, en lugar de morir todas las plantas de golpe, solamente mueren algunas, dejando huecos de suelo desnudo donde el agua resbala más. Así, las plantas restantes se reparten el agua caída en esos huecos, y logran sobrevivir.

Se trata de un mecanismo de redistribución espacial del recurso agua: Si Mahoma no va a la montaña -hay menos agua por metro cuadrado-, la montaña irá a Mahoma -las plantas disminuyen los metros cuadrados que ocupan y concentran el agua ahí.

Cambios en los patrones de la vegetación durante el proceso de desertificación, extraído de Rietkerk et al (2004)

Al seguir reduciéndose la cantidad de lluvia, la vegetación acumula el agua disponible en un espacio cada vez más reducido, pasando así gradualmente por los estados de laberintos y luego de vegetación parcheada (gráfica superior). Del mismo modo, el proceso es reversible, y si aumenta la precipitación de nuevo, también lo hará la vegetación.

Hasta aquí, todo bien. Pero, ¡todo tiene un límite!

Cuando hay tan poco agua que una planta debería recolectar la precipitación que cae en el equivalente a una pista de tenis (por ejemplo), la estrategia ya no es sostenible: el agua no puede recorrer tanta distancia y acaba infiltrándose en el suelo desnudo. Y de repente, en ese punto, el sistema colapsa: se produce un cambio abrupto que va de un estado de vegetación parcheada a un desierto absoluto. Además, ya no queda ninguna planta que funciona como atractor-acumulador de agua. Por ello, para revertir a un estado con vegetación tendría que caer una cantidad de agua por metro cuadrado tan grande como para permitir que las plantas crezcan por todas partes, produciéndose un cambio de vuelta también abrupto.

Por ello, pasado ese punto de colapso, concluyen Rietkerk et al., sería casi imposible echar tanto agua al ecosistema como la necesaria para que este no se quede reseco cual bayeta abandonada tras unas vacaciones de verano.

Estos dos casos de histéresis, el de la bayeta y el de la desertificación, son simplemente ejemplos. Realmente, desconocemos cuantos procesos ecológicos pueden en realidad ser susceptibles de colapsos y de múltiples estados estables, como estos.

La sociedad parece deslizarse suavemente por el tobogán de los huecos-laberintos-parches, pensando que todo sucede gradualmente, y que tenemos tiempo para reaccionar. Pero muchos ecólogos se temen que estemos en la recta final del tobogán, y solo estemos poniendo parches a los problemas. ¡Cuidado! En cualquier momento podríamos caer por un precipicio sin retorno.

Publicado por Ciro Cabal

Soy ecólogo, investigador predoctoral en la Universidad de Princeton (New Jersey, US). Me interesa la ecología teórica de la vegetación, y las interacciones biofísicas entre plantas. También soy ecologista, pragmático más que extremista, pero muy preocupado por el Cambio Global y la poca concienciación social.

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