Trenberth (2011) predijo a ‘Filomena’

El pasado viernes 8 de enero, un frente polar comenzó a descargar cantidades de nieve nunca vistas en Madrid y alrededores. Las intensas nevadas dejaban, una vez más -recordemos las de enero de 2009- las carreteras y transportes de la capital española colapsados. El sábado, además, atardecía en el centro de la ciudad con un paisaje casi apocalíptico. Las calles sepultadas por montañas de nieve, restos de árboles e, incluso, en varios puntos, las luces de navidad municipales (foto de cabecera: Calle Fuencarral el sábado 9).

Al poco tiempo, nubes de tuiteros negacionistas comenzaron a descargar, válgame la redundancia, sus ya habituales te-lo-dijes en las redes. “Los amantes y voceros del cambio climático y del calentamiento global se han escondido hasta que Filomena pase de largo. Greta entre ellos” escribía, por ejemplo, Ramón Arcusa, antiguo integrante de el Dúo Dinámico, uno de los muchos que parecen pensar que todo lo que no sea una subida de las temperaturas, no tiene nada que ver con el cambio climático.

Para evitar esa confusa simplificación, el concepto de ‘calentamiento global’ se considera hoy obsoleto. El cambio climático en concreto, y el Cambio Global más en general, abarcan situaciones mucho más allá de un aumento de las temperaturas medias (un aumento que, por otro lado, está más que validado por los datos meteorológicos de las últimas décadas). Las intensas nevadas vividas en enero de 2021 en el centro de España encajan dentro de esas situaciones,

El climatólogo Neozelandés Kevin E. Trenberth nos da las claves para entender cómo puede caer más nieve en un mundo que, en términos generales, es más cálido, en su paper Changes in precipitation with climate change” (2011, doi: 10.3354/cr00953).

La radiación del sol calienta intensamente los océanos y las aguas continentales. Esto conlleva la evaporación del agua que se dispersa por la atmósfera en forma de vapor, y posteriormente regresará a su estado líquido al precipitar de nuevo. Así, repasando el ciclo del agua, comienza la historia que nos cuenta Trenberth.

Pero, ¿qué sucedería si subimos la temperatura de este sistema? se pregunta después.

Cuando subimos el calor en nuestra placa de inducción, el agua que hay en la cazuela hierve más fuerte, y comienza a evaporarse más rápido. Si tenemos una ventana cerca, probablemente se empañará. Esas gotitas de condensación de agua en el cristal atestiguan que la humedad absoluta en el aire de la cocina ha aumentado. Y no se debe exclusivamente al calentamiento del agua líquida: Al subir también la temperatura del aire del cuarto, su capacidad para absorber vapor también aumenta (en concreto, 7% por cada grado centígrado). Fuera, en la calle, el aire está más frío, y por ello en el cristal de la ventana de la cocina, que lo está también, el agua vuelve a su estado líquido.

Lo mismo sucede cuando las aguas y vientos del planeta se calientan; la cantidad de agua en forma de vapor se incrementa en la atmósfera. Por ejemplo, la cantidad de agua en la atmósfera aumentó a una velocidad de 1,3% por década entre los años 1987 y 2004. Los datos mostrados en el paper describen como, de hecho, mucha más agua se evapora en los trópicos. Sin embargo, gran parte de ese agua evaporada vuela con las corrientes atmosféricas hasta latitudes medias, y precipita aquí. Ese efecto, dice Trenberth, es especialmente notable en enero y en el hemisferio norte.

Aunque las regiones mediterráneas, incluyendo el sur y este Peninsular, se salvan de este efecto, las regiones de climas oceánicos y continentales han experimentado un aumento en las precipitaciones en las últimas décadas. Una de las formas que tienen los climatólogos para estimar la precipitación a gran escala es la medición de las descargas fluviales (como en el siguiente mapa, extraído del paper, que muestra aumentos en verde-azul y disminuciones en amarillo-rojo de las precipitaciones, para el periodo de 1948-2005).

Mapa del cambio medido en la descarga fluvial de las cuencas hidrográficas entre 1948 y 2005, indicador de cómo han cambiado las precipitaciones totales en cada región, Extraído de Trenberth (2011) a su vez adaptado de Dai et al. 2009

El último elemento que nos queda para cerrar este argumento se basa precisamente en una máxima del negacionismo: “En realidad, todas estas cosas ya pasaban”. La nieve no es más que la forma de precipitación que sucede cuando las temperaturas en capas altas de la atmósfera está cerca de los cero grados centígrados, y esas temperaturas siguen siendo de forma puntual bastante comunes en enero en la Meseta Central. Y, en efecto, en Madrid siempre ha nevado. La caída de nieve per se no se atribuye al cambio climático. Por lo contrario, las nevadas serán cada vez más raras en otoño y primavera, atendiendo también a Trenberth, pero más intensas en mitad del invierno en regiones contientales. Por ello y por la mayor velocidad de deshielo, en términos generales, las acumulaciones de nieve serán cada vez más raras. Pero la clave está en entender que ‘Filomena’ es una nevada puntual, como las que siempre ha habido, pero que ha venido cargada con mucho más agua que las que recordamos de cuando aún no había Twitter.

Malas noticias para los negacionistas: Aunque cada vez veamos menos nieve, especialmente en la montaña, las nevadas en Madrid cada vez menos frecuentes, pero más intensas debido a la mayor cantidad de agua en la atmósfera, encajan perfectamente con el cambio climático.

Publicado por Ciro Cabal

Soy ecólogo, investigador predoctoral en la Universidad de Princeton (New Jersey, US). Me interesa la ecología teórica de la vegetación, y las interacciones biofísicas entre plantas. También soy ecologista, pragmático más que extremista, pero muy preocupado por el Cambio Global y la poca concienciación social.

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